Una de las pegas (tiene muchas más, aunque también alguna ventaja) de viajar en grupo, es la escasa maniobrabilidad que tiene el viajero para hacer cambios sobre la marcha. Aunque sean mínimos. Muchas veces, incluso, aunque el grupo en pleno esté de acuerdo.
A menudo, sobretodo en paises a los que, como Venezuela, se les supone un grado de peligrosidad mayor a la media, el motivo de esa poca maniobrabilidad responde al pánico de los organizadores a que le ocurra algo malo a un cliente. Supongo que es comprensible pero toca las narices, en especial cuando se exageran -claramente- las precauciones.
Este fue el caso de mi viaje a Venezuela. Hubieron muchas situaciones a lo largo de las vacaciones que me servirían muy bien de ejemplo pero explicaré la última, en Caracas. Seré muy breve:
Caracas es, ciertamente, una de las ciudades más peligrosas del mundo. Es un hecho. Por eso, en la programación del viaje, no se contempló pasar ahí más tiempo del que fuera estrictamente necesario. Eso es una mañana. La del mismo día que cogiamos el vuelo de regreso a Barcelona (ahora un venezolano se estará riendo, porque allí coger tiene un sentido muy distinto y coger un vuelo le parecerá, cuanto menos, surrealista).
Bueno, Caracas es peligrosa, sí… pero no nos pasemos: por la mañana, en pleno centro, a un grupo de 12 personas que visitan lugares concurridos, no les va a pasar nada. Pero la organización no lo vio así y contrató una visita a la última casa que moró Simón Bolívar para agotar las últimas horas del viaje. Todo muy controlado. Y porque les debió parecer excesivo obligarnos a quedarnos en el hotel, que si no…
Ningún integrante del grupo quería perderse la oportunidad de pasear unas horas por Caracas y así se lo comunicamos al guía. Íbamos a perder el dinero, ya pagado, de esa visita, pero no nos importaba a nadie: Quien sabe si vamos a volver a Venezuela y si no es nuestra última oportunidad de conocer mínimamente Caracas.
No hubo manera. El guía estaba aterrado con la idea de cambiar de planes. Todo lo que conseguimos, menos mal, fue que nos concediera unos minutos “para hacer las últimas compras”, después de visitar la casa. El microbús nos dejó en un extremo de la Plaza Simón Bolívar, en la Avenida del Oeste, y nos recogió 30 minutos después en la Avenida del Norte, justo en el extremo opuesto de la Plaza.
Estas son las fotos que hice.
Familia frente a la estatua de Simón Bolívar en el centro de la Plaza.
Soldado junto a la estatua.
Pedí permiso al soldado para un retrato.
La Catedral (en la misma Plaza Simón Bolívar, claro)
La señora del banco bien valía un plano corto.
Puerta de la Catedral de Caracas. Una escena que se repite en todas las puertas de catedrales del mundo, ¿verdad?
Mural con cita de Simón Bolívar: “Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca”. Pronunció estas palabras sobre las ruinas de un monasterio abatido por un terremoto.
Aunque no estoy seguro, creo que esto es la Sede de Gobierno del Distrito Capital, aunque también podría ser la Alcaldía del Municipio Libertador. Si alguien lo sabe, agradeceré la aclaración.
Algunas escenas callejeras:
Desconfiando de los turistas.
Peluquería en la calle. Precios populares, revolucionarios y bolivarianos. Nada menos.
Por último, una imagen capturada ya en el aeropuerto. La última foto que hice aquel viaje.
Excepto la última foto, la del aeropuerto, todas se han editado con Photomatix siguiendo el procedimiento que explico en “HDR con una imagen, mejor si es RAW“. Los retoques finales, en todos los casos, con Lightroom.
Street Photography. Ho Chi Minh City
Mercado de Sendefa, Addis Abeba




















































































































